On Salvatore Ferragamo’s New Chapter

Con esta palabra generalmente se describe un proceso de formación que alguien lleva a cabo hacia otra u otras personas para prepararlos en una tarea específica con el propósito de enviarlas, tener un apoyo o preparar a quien en algún momento deba tomar su lugar.

El 31 de enero de 2003 se estrenó una película del director Roger Donaldson, con un gran reparto de actores que generó una gran expectativa entre el público latinoamericano, por el título con el que se lanzó en el continente: El Discípulo. El título original de la película era The Recruit (El Recluta). Sin embargo, esta interpretación idiomática refleja claramente lo que, en muchos casos, se entiende por discipulado: el reclutamiento de un personal al que se le adoctrina e instruye para cumplir la misión de una institución.

Tal proceso ha sido perfeccionado por cada organización de manera que, como en la película, el producto final identifique a la institución que lo ha formado para servir en ella.

 

Cuando Jesús ordena a sus discípulos que “vayan y hagan discípulos de todas las naciones… enseñándoles todas las cosas que les he mandado a ustedes” (Mateo 28:18-20), les está diciendo: “vayan y hagan con todos lo que yo he hecho con ustedes”. En ellos no hubo preguntas ni dudas respecto a lo que debían hacer ni cómo debían hacerlo.

De hecho, luego de permanecer algunos años juntos sin su maestro, cada uno toma un rumbo que los llevará más
allá de las fronteras del Imperio Romano, desafiando lo que eso significaba con el fin de cumplir la misión que su maestro les había encomendado y para la cual los había preparado.

Los discípulos de Jesús habían aprendido de Él como lo hace un niño de su padre, maestro o de quien hayan considerado adoptar como modelo… ¡Viendo e imitando! La Biblia no revela mucho acerca de la historia o la vida familiar de ninguno de ellos; sólo menciona el oficio y, en algunos casos, su ciudad de origen. Sin embargo, no es difícil imaginar la vida, el carácter, vocabulario o el trato con los demás de un cobrador de impuestos, de un pescador o de una persona culta y educada de aquel entonces, no muy diferente a uno de hoy.

Pero al repasar los escritos de las figuras más prominentes de aquellos primeros discípulos, se observan como personas lejanas del primer concepto que se pudo tener de ellos. Tal vez quien más ampliamente expone el proceso de discipulado es el apóstol Pablo, autor de gran parte del Nuevo Testamento. Aunque él no estuvo con Jesús como lo estuvieron los demás, sus palabras expresan la manera como todos, incluso él, fueron discipulados.

La experiencia que los demás tuvieron con el Cristo enviado, Pablo la tuvo con el Cristo resucitado y glorificado, recibiendo por revelación lo que los demás habían recibido por relación. Todos se encontraron en el punto de continuar su proceso a través de su comunión con los demás; para Pablo, fue la oportunidad orquestada por Dios de poder tener el testimonio de sus compañeros y experimentar con ellos las enseñanzas recibidas. 

Su compañerismo con Ananías, Bernabé, las iglesias de Damasco, Antioquía y Jerusalén y los apóstoles, continuaron en él la obra que Jesús había iniciado cuando lo llamó mientras perseguía la iglesia.

Mientras formaba a sus ayudantes, Pablo les encomendó recordar “lo que me has oído decir” (2 Timoteo 2:2), “mis enseñanzas, mi manera de vivir, mi propósito, mi fe, mi paciencia, mi amor, mi constancia, mis persecuciones y mis sufrimientos… lo que sufrí en Antioquía, Iconio y Listra, y de las persecuciones que soporté… lo que has aprendido” (2 Timoteo 2:12-14). Estas palabras no fueron sólo lecciones, sino que traían a la memoria experiencias que acompañaban sus enseñanzas para reafirmarlas y convertirlas en un estilo de vida propio de quien sigue a quienes siguen al maestro que siguieron aquellos primeros.

El proceso de discipulado en la iglesia tiene que trascender los manuales y las clases magistrales para convertirse en una experiencia transformadora que sirva de testimonio y de guía a otros que buscan la verdad y vivir conforme a ella. Es en esa dirección que el apóstol Pablo exhorta a su discípulo Timoteo, diciéndole: “Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza. Persevera en todo ello, porque así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen”

(1 Timoteo 4:16). A esa conjunción de la conducta y la enseñanza es lo que se llama integridad y lo opuesto a ella es la hipocresía, la cual es causa de que muchos tropiecen en su fe; de hecho, la hipocresía fue reprendida fuertemente por Jesús cuando señaló la conducta de los fariseos mientras le hablaba a la gente y a sus discípulos: “ustedes deben obedecerlos y hacer todo lo que les digan. Pero no hagan lo que hacen ellos, porque no practican lo que predican” (Mateo 23:3). Las palabras de Jesús pusieron en evidencia una desconexión entre la enseñanza y la conducta de los fariseos y maestros de la ley de aquel tiempo, no muy diferente a la crisis que enfrentan varios líderes y ministerios modernos.

 

En muchos casos, la enseñanza no es el problema, sino su correspondencia con la vida de quien la imparte.
En el Sermón del Monte, al inicio de su ministerio, Jesús advierte a la multitud que lo escuchaba: “cuídense de los falsos profetas… Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7:15-16).
En el evangelio, la Palabra de Dios es comparada con una semilla que es esparcida en diversos tipos de suelo (Mateo 13:1-9), esperando que dé fruto a su tiempo de acuerdo con su especie.
Y si la semilla es el evangelio del reino de Dios, el fruto también debiera ser el del reino de Dios reflejado en los valores de una nueva humanidad “creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad” (Efesios 4:24).
Ante el peligro Después de plantada la iglesia en Galacia, la amenaza de los judaizantes dejó ver la fragilidad en su fe de aquellos creyentes e hizo pensar a Pablo que todo su esfuerzo por afirmar la fe entre los gálatas hubiera sido en vano (Gálatas 4:11). Es en medio de su llamado de atención que Pablo expresa el propósito del discipulado: “vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Gálatas 4:19). El discipulado cristiano debe tener como propósito la formación del carácter de Cristo en quienes están siendo discipulados, para
trascender del simple conocimiento de Cristo a la experiencia de Cristo.
Esta herencia apostólica que la iglesia moderna parece haber olvidado fue la manera como Jesús formó a la primera generación de discípulos. Cuando Andrés y su compañero se acercaron al Cordero de Dios señalado por Juan el Bautista, le preguntaron “¿dónde te hospedas?” Esta no fue una simple curiosidad por el lugar donde Jesús vivía, sino por cómo Él vivía. Ellos eran discípulos de Juan y habían visto su estilo de vida y seguramente lo habían acompañado en el desarrollo de su misión. Por esto, Jesús, al ver su inquietud, no les indicó dónde vivía, sino que los invitó a ver cómo vivía: “vengan a ver”. La experiencia de aquella tarde con Jesús debió ser tan trascendente para estos dos hombres que consideraron que todos debían conocerlo también y, empezando por Simón, hermano de Andrés, el mundo empezó a ser llamado a la experiencia del discipulado de Cristo. Pedro es el único de sus seguidores a quien Jesús cambió su nombre, llamándolo Pedro, indicando claramente que quien lo siguiera a Él experimentaría tal transformación de su carácter, necesaria para reflejar los frutos de la semilla de las enseñanzas de Jesús (Juan 1:35-42). Esa experiencia de “vengan a ver”, se convirtió luego en “síganme”, una invitación a permanecer con Él y aprender de Él.

En ese espíritu fue que la iglesia nació y creció, tal como se evidencia en la comunión de los creyentes tras el día de Pentecostés (Hechos 2:41-47) y durante el tiempo de la primera gran persecución en la que todos los discípulos “predicaban la palabra por dondequiera que iban” (Hechos 8:1-4). La iglesia de estos últimos tiempos está siendo llamada a un propósito mayor que el de “vengan a ver”, a invitar e involucrar a todos los que se acercan al Señor a
“seguirlo” como lo hizo la iglesia de aquellos primeros días: “imítenme a mí, como yo imito a Cristo”
(1 Corintios 11:1).